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En el día del Médico


En el Día del Médico

Dra. Eda Lía Abad Monetti

"Las disensiones y errores del género humano en cuestiones religiosas y morales han sido siempre fuente y causa de intenso dolor para todas las personas de buena voluntad, y principalmente para los hijos fieles y sinceros de la Iglesia; pero en especial lo son hoy, cuando vemos combatidos aun los principios mismos de la civilización cristiana"..

(P.P. Pío XII, Carta Encíclica Humani Generis. 12/8/1950).

En esta Encíclica, publicada pocos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el Papa, como padre celoso de la salvación de los hijos de la Iglesia, preveía el doloroso derrotero que había determinado el curso de la historia de nuestros días. Más de cien años de sabias advertencias de sus predecesores habían precisado cuáles eran las causas del mal moral que se extendía como mancha de aceite por el mundo, pandemia inmunda, destructora de almas y voluntades. Sus estrategas y adalides se extendieron rápidamente por absolutamente todos los estratos del poder y del conocimiento, siendo sus principales objetivos las clases dirigentes, -los dueños del poder político y económico-, los pensadores, fueran ellos académicos, profesores o escritores, promovidos en virtud de su fidelidad a la causa. También y de modo universal, dominando los medios de información y propaganda, para generar el pensamiento único.

Su acción siniestra, corruptora de cuerpos y almas, actuó sin descanso al frente de cátedras universitarias, degradando planes de estudio para generar ignorantes: tierra fértil e indefensa para todo tipo de ideologías criminales. Ubicaron en colegios, desde los niveles elementales, maestros asesinos de almas.

Se corrompieron la filosofía y la metafísica y, por último, la teología, infiltrando herejes en todas las Iglesias, y corrompiendo el orden religioso y el natural. No se salvó ninguna orden ni culto. En Oriente y Occidente se infiltraron seminarios...¡Pobres de aquellas congregaciones que se regodeaban en su sabiduría, aquellas que se agotaban en el activismo horizontal y humano. Pobres de aquellos que contaron con cuentas bancarias y bienes materiales!

Y así, se convirtió al hombre en la medida de todas las cosas: dioses, - como Satanás le aseguró a Eva-. Idólatras de su persona y esclavos de sus deseos, con lo que dispusieron a la humanidad a una muerte miserable y desesperada.

Cada vez que el pueblo de Israel se alejaba de Dios, era castigado con guerras, deportaciones o plagas. La mano purificadora curaba con dolor las pústulas de la degradación y la idolatría.

Hoy los médicos nos vemos como actores casi impotentes ante una pretendida pandemia, generada por un virus del que poco se sabe, de manifestación clínica tanto benigna como agresiva y polimorfa, causando desde resfríos leves hasta neumonías graves, infartos cerebrales y cardíacos, o episodios de tromboembolismo pulmonar masivo. Un virus que no sigue las reglas de la epidemiología y que muta indefectiblemente. Que en los sobrevivientes genera anticuerpos neutralizantes de rápida desaparición, haciendo dudosa la utilidad o posibilidad de vacunas efectivas.

Reinan la angustia y el duelo en miles de familias, devastadas por muerte o separaciones. Los ancianos han sido abandonados afectivamente. Viven o duran sus últimos años sin hijos o nietos, sin amigos, atrincherados contra el mal invisible que puede matarlos utilizando a quienes aman...

En muchas clínicas e instituciones de salud, decenas de muertes solitarias, sin auxilio religioso o consuelo. Sin velatorio ni responsos, incinerados como basura contaminante. Del mismo modo que mueren embriones o fetos sin nombre, tratados sin piedad en abortos. Descartados o siendo objeto de transacciones inmundas para usos pretendidamente científicos.

Pero el mayor triunfo del mal ocurre cuando la Eucaristía, vida y salvación de los hombres, -del modo que fue figurado por la serpiente de bronce en el desierto-, ha sido vilipendiada sacrílegamente. Fuimos privados del único bien, del alimento celestial...consideremos si no es éste el triunfo supremo de Lucifer...

Médicos católicos, acudamos al único remedio: imitando a los ninivitas que oyeron a Jonás, y de rodillas, adoremos y pidamos perdón a Dios por tanto pecado y rebeldía, hagamos penitencia con nuestros pacientes, recemos el rosario y acudamos a nuestros buenos pastores, dispensadores de la gracia de la Absolución y del Alimento y Remedio Supremo: porque sólo Dios puede hacer envainar la espada del ángel exterminador.

Esta es ahora nuestra función médica en esta tragedia, quizás más importante que la de curar, aliviar o tan sólo acompañar. Médicos y soldados de Dios, recemos por el reinado social de Cristo!!