Conocerse
a sí
mismo
Abelardo
Pithod
Esta
es
la
conclusión
de
un
pequeño
libro,
Breviario
de
psicología
para
todos,
que
aparecerá
a
mediados
de
año.
Conócete
a ti
mismo
era
el
lema
que
los
griegos
tenían
grabado
en
el
frontispicio
del
templo
de
Delfos.
Se
entendía
que
era
para
conocerse
como
seres
humanos,
es
decir,
saber
que
no
eran
solo
animales
pero
tampoco
dioses.
Que
eran
humanos,
sometidos
a la
desdicha
y a
la
muerte,
la
muerte
del
que
sabe
que
va a
morir,
y
que
lo
sabe
toda
la
vida.
La
vida
nos
ha
herido
con
la
muerte,
escribió
el
poeta
mendocino
Narciso
Pereyra.
Pero
el
conócete
a ti
mismo
al
que
yo
aludo,
más
que
a
esto,
que
es
un
conocimiento
metafísico,
es
el
conocerse
uno
tras
sus
máscaras,
esas
que
nos
recubren
como
a la
cebolla
sus
capas.
¿Puede
que
el
hombre
esté
llamado
a
desenmascararse
para
no
llegar
nunca
a
otra
cosa
que
no
sea
una
nueva
máscara?
¿Será
ésta
una
inútil
búsqueda,
una
pesquisa
vana
de
un
“yo
mismo”
esencial
pero
inhallable?
C.S.Lewis
escribió
una
novela
titulada
Mientras
no
tengamos
rostro,
donde
plantea,
aunque
de
otra
forma,
este
problema.
Las
máscaras
a
las
que
aludo
son
las
de
los
múltiples
papeles
que
representamos,
aún
cuando
estamos
solos.
¿Qué
cosa
puede
ayudarnos
en
la
búsqueda
de
nosotros
mismos,
de
nuestra
identidad
profunda,
oculta
por
las
máscaras?
Es
muy
común
hoy
hablar
de
“mi
verdad”
o de
“tu
verdad”,
lo
que
nos
choca
a
los
adultos,
pero
que
apunta
a
algo
que
no
es
totalmente
falso.
En
efecto,
somos
algo
que
no
es
nadie
más
que
nosotros,
aunque
nosotros
no
sepamos
bien
en
qué
consiste,
pero
que,
aún
sin
saberlo,
buscamos.
Para
la
metafisica
cristiana
la
realidad
o
fondo
último
de
una
creatura
es
su
Creador.
Él
está
más
a lo
hondo
de
uno
que
uno
mismo;
en
Él
nos
conoceremos
algún
día
en
plenitud,
tendremos
el
ansiado
encuentro
con
nuestra
identidad
y
sabremos
quién
verdaderamente
somos.
Será
cuando
suceda
el
Juicio
de
Jesús,
dándonos
la
bienvenida,
o
Juicio
particular.
“El
encuentro
con
Él
es
el
acto
decisivo
del
Juicio.
Ante
su
mirada
toda
falsedad
se
deshace”,
dice
el
Papa
en
la
Encíclica
Spe
Salvi,
47.
Hasta
llegar
a
ese
punto
veremos,
por
gracia
de
Dios,
cómo
van
cayendo
nuestras
máscaras.
En
la
ancianidad
veremos
desprenderse
las
últimas,
pero
seguramente
no
todas.
Esta
cuestión
plantea
un
desafío
que
Nietzche,
y en
su
línea
Heidegger
y
otros
filósofos
contemporáneos,
pusieron
de
relieve
con
la
expresión
existencia
auténtica.
Hablaron
de
ser
lo
que
somos.
Está
bien.
Pero
ser
lo
que
somos
es
la
mitad
de
la
autenticidad.
Hay
otra
mitad
y es
ser
mejor
de
lo
que
somos.
La
autenticidad
del
“ser
uno
mismo”
no
la
agota,
porque
uno,
ciertamente,
es
lo
que
actualmente
es,
pero
además
debe
ser
aquello
para
lo
que
ha
sido
llamado.