“Una invitación a la resistencia: La objeción de Conciencia”
Disertación Académico Dr. Hugo Obliglio

Buenos Aires, 16 de noviembre de 2009

 

Introducción

Hoy no creemos posible responder a la suma de leyes, reglamentaciones y compromisos de Organizaciones Internacionales, sin tener a nuestro alcance y hacer nuestra, con el fin de defender la vida y la dignidad de la persona a la tan olvidada “objeción de conciencia”.

Para nosotros, profesionales de las ciencias de la salud, la posibilidad de que surjan conflictos morales frente a una obligación jurídica considerada injusta, es en estos últimos tiempos una realidad creciente.

Afirma Navarro Valls que “cualquier persona puede recurrir a la objeción de conciencia aunque no haya una ley que específicamente la reconozca”. Su  defensa tuvo origen en la cuestionada nueva ley sobre el aborto que el gobierno español prepara en estos días.[1]

La historia de la humanidad nos recuerda situaciones que bien podemos tomar como ejemplo. Cuando en el siglo VIII a.C. se fundan Crotona y Tarento, cuando en Grecia y Anatolia se vive la heroicidad de las Termópilas, la crueldad de las guerras del Peloponeso, cuando en la edad de hierro de la península ibérica, sobre el Guadalquivir se funda el reino de los Tartessos, ya se habían  vivido fundamentalmente en el arte de la guerra hechos vinculados con la objeción de conciencia, tales como el rechazo a la rapiña, a la violación, a la matanza de inocentes en última instancia a la desobediencia de una ley o de una orden guerrera considerada injusta.

Cuatrocientos años a.C, Sócrates pronunció en el Senado de la república sus famosos cuatro discursos: al Estado, a los jóvenes, a las mujeres y a los niños, marcando la necesidad de concertar la conducta humana a los cánones de armonía y justeza que se derivan de la naturaleza misma de las cosa. Sócrates situó en su momento por “encima de las leyes de la Ciudad la obediencia que debe a la voz interior de su conciencia personal, la cual lo guiaba en el conocimiento de lo verdadero y del bien”. Su lucha contra los sofistas y la franqueza de sus enseñanzas morales y políticas le crearon muchos enemigos. La Ciudad con el juicio de los doce lo condena a muerte a beber la cicuta y pudiendo haber evadido la misma  quiso ser fiel a su conciencia.

Otro ejemplo que se esgrime al abordar este tema hace a la tragedia griega que nos recuerda como Antígona, en la tragedia de Sófocles, se convierte en una objetora de conciencia al desobedecer a Creonte, rey de Tebas, dando a su hermano Polinece una sepultura digna, que le había sido negada como castigo por traición a su patria. También en la antigüedad cristiana, los emperadores, haciendo uso de la fuerza sometieron a un pueblo que, oponiéndose a la “cesarolatría”[2] llevaron a la muerte a Justino, a Perpetua y Felicidad, a Orígenes y a una multitud de cristianos que antes de abjurar de su Fe prefirieron el martirio y la muerte, convirtiendo su valiente actitud en la  excelencia de una objeción de conciencia. Ésta que toma la forma del martirio, es practicada por cristianos pertenecientes a todos los grados de la jerarquía eclesiástica, encontrándose entre sus  mártires obispos, sacerdotes, diáconos y una multitud inmensa de laicos”.[3]

Dijo Tertuliano: “¿Creéis que se puede añadir un juramento humano a un juramento Divino? ¿Darse a otro maestro después de haberse entregado a Cristo? (…)”. Los Mártires cristianos no cuestionan directamente las instituciones imperiales, no se resisten, aceptan las decisiones de los tribunales. Pero defienden:

“la primacía de los valores superiores, la necesaria coherencia entre su conducta y sus convicciones religiosas ‘hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’[4]. No intentan construir una justificación de la desobediencia por todas partes o de la rebelión. En nombre del respeto debido a unos valores superiores, se niegan a cumplir ciertas obligaciones civiles, a rendir culto al emperador o bien a participar en procesiones paganas”.[5]

A mediados del pasado milenio, menciona Schooyans, que los ejemplos Cristianos más claros de objeción de conciencia corresponden a John Fischer y  Tomás Moro:

“(…) un texto poco  conocido en el que este último interpela a los obispos, a menudo inclinados a un exceso de complacencia para con Enrique VIII. Este texto es tanto más emotivo cuanto que fue escrito en prisión, poco antes de su muerte: “El buen pastor, dice Cristo, da su vida por sus ovejas. Por lo tanto, si todo buen pastor da la vida por sus ovejas, es seguro que el que salva su vida en detrimento de sus ovejas no actúa como buen pastor. (…) ¡Y sobre todo si, bajo el imperio del miedo reniega de Él también de palabra y se separa de Él abiertamente!” [6]

Y más cerca de nuestro tiempo, hace una centuria, cuando Francia anunció en 1905 la separación de la Iglesia y del Estado, varios oficiales franceses dimitieron para no tener que ejecutar las órdenes de expulsión de religiosos y la confiscación de bienes de la Iglesia.

Miles de Cristianos durante el régimen soviético, la guerra civil española, la de los Cristeros en México, durante el nazismo en la Alemania de Hitler, en China y la India en la actualidad, así como también en países africanos, han sufrido persecución y martirio, poniendo en evidencia una vez más la fuerza de la objeción de conciencia.

Ahora bien el tema que hoy vamos a compartir ha sido, para mi sorpresa, brevemente analizado en las numerosas publicaciones  que abarcan a la bioética y que hoy apuntan a aclarar el oscuro horizonte que ofrece a la moral el vertiginoso avance de la ciencia y de la tecnología, sobre todo en este último medio siglo.
 

El prejuicio laicista

Un mundo en donde el utilitarismo, el pragmatismo y el relativismo, se han convertido en principios que condicionan  las conductas morales, nos obliga a analizar sus metodologías de acción, que parecieran no solo ser exitosas sino que también inobjetables.

El prejuicio laicista, encuentra como dice Poupard, un fideísmo de la norma que les niega capacidad a los católicos de participar en un “dialogo aséptico” puesto que “profesan las normas morales como si fueran un credo, y la autoridad toma las normas como una revelación y una fe ajenas y despreocupadas de la razón”. Esta brecha entre fe y razón en todo aquello que hace a la tutela y promoción de la investigación científico-tecnológica en el campo de las ciencias de la vida, conforman un ‘fideísmo bioético’ que impide, o en el mejor de los casos tergiversa el imprescindible dialogo cultural tan necesario hoy en la búsqueda de una verdadera moral objetiva. [7]

Es un deber indeclinable el rechazar la cooperación con el mal. Gran responsabilidad asumen hoy políticos y legisladores al auspiciar leyes que en nuestra disciplina atentan contra la vida y la dignidad de la persona, tales como el aborto, la eutanasia, la esterilización y la procreación artificial entre otras. Decía S.S Juan Pablo II en su alocución en el Tribunal de la Rota Romana el 28 de enero del 2002 En su nota número 5: “cuando la acción política se confronta con unos principios morales que no permiten ninel guna derogación, excepción o componenda, entonces el compromiso político de los políticos se vuelve evidente y cargado de responsabilidades” (…). “Frente a estas exigencias éticas fundamentales, a las cuales no se puede renunciar, los Cristianos deben saber, en efecto, que está en juego la esencia del orden moral que concierne al bien integral de la persona.”

Antes de acudir a la objeción de conciencia el laicismo dominante pareciera poner una serie de instancias con el fin de conformar una acción moralmente no objetable.

Es por esta razón que creo necesario en primer lugar  hablar del consenso y de la tolerancia como dos instancias que utiliza la modernidad para imponer con un desviado perfil democrático, su voluntad.
 

El consenso

No es este el momento para analizar en detalle un entorno cultural que utiliza en la toma de decisiones, metodologías a mi entender equivocadas.

Por un lado, manipulan las decisiones a través del consenso, y todos somos concientes que en una votación, mayoría no significa verdad. La asociación entre consenso y democracia obviamente mal interpretada, se convierte para el ciudadano en una verdad. Es importante aclarar que consenso significa a la vez: un acuerdo general, y  un proceso para alcanzar dicho acuerdo.

Se ha dicho que el verdadero consenso implica «satisfacer las necesidades de todos». La toma de decisión por consenso intenta denigrar el papel de facciones o partidos y promover la expresión de voces individuales, aunque es erróneo pensar que la raíz de la democracia se encuentre en el consenso.

Existe un número de críticas sobre la toma de decisión por consenso. Una es que puede llevar a una situación donde un número relativamente pequeño de personas, una fracción, pueda bloquear la acción que es deseable por la mayoría. Otra es que puede haber decisiones donde la polarización ocurre y no se puede alcanzar consenso. En tales casos un grupo u organización tendría la capacidad de llegar a inmovilizar su dinámica operativa. La toma de decisión por consenso ha sido también criticada porque no hay ninguna persona comprometida específicamente con las consecuencias de una decisión, al distribuir la responsabilidad entre todos los miembros del grupo.

La toma de decisión por consenso puede llevar a cierta dinámica patológica de grupo. Es decir, se puede desalentar a las personas de expresar opiniones contrarias por la preocupación de que las mismas rompan con el consenso. Esto degeneraría en una situación conocida como «conformismo grupal» en la cual cada persona de un grupo cree que cierta estrategia es mala, pero nadie esta dispuesto a expresar esa opinión porque tiene la impresión errónea que los demás miembros del grupo apoyan dicha estrategia.

Como consecuencia de lo dicho podemos afirmar, que, si a través del consenso, toleramos o cooperamos con el mal, votando una ley inicua, que no respeta la vida o la dignidad de  la persona, estamos actuando moralmente mal.  Ya que al no respetar  la vida humana, rechazamos como dice Schooyans, nuestra propia moral “hasta el punto de adherirnos a una concepción perversa de la democracia”.
 

Tolerancia

En esta rápida advertencia, el segundo punto a tener en cuenta pasa por la tolerancia. Se tilda a la conciencia cristiana, de intolerante y fundamentalista y también aquí entramos en una asociación equívoca que desvirtúa el diálogo, puesto que hoy, fundamentalismo es sinónimo de terrorismo.

Lo que debemos hacer es realizar un profundo análisis de lo que el concepto de tolerancia trae aparejado. En una realidad cultural abierta al pluralismo teñido de un profundo relativismo, la tolerancia es el instrumento para borrar todo tipo de diferencias; “En la ausencia de modelos comunes, la tolerancia se convierte en indiferencia y el pluralismo cultural degenera en un espectáculo estético en el que saboreamos las curiosas costumbres de nuestros vecinos con la fruicción del entendido. Pero nunca sometemos a esos mismos vecinos como individuos a ninguna clase de juicio (…) la suspensión del juicio nos condena lógicamente a la soledad”[8].

La realidad nos dice que el tema de la tolerancia es un artificio utilizado por el laicismo internacional “para enmascarar su voluntad de imponer y generalizar un integrismo racionalista, fundamentalmente anticristiano”.

Este integrismo encuentra su fundamento en un estado de corte liberal, que como ya anticipaba John Locke debía solo garantizar las libertades de conciencia, pensamiento y expresión. No debe sorprendernos el deseo de imponer con la globalización una nueva ética, un nuevo decálogo, así como también nuevos derechos, léase New Age y Carta de la Tierra

En resumen, se esta auspiciando un relativismo que a través de la tolerancia nos acerca una verdad que pasa por la libertad de hacer lo que se quiere. Esta idea que va tomando cuerpo a nivel mundial, lleva implícita, “una violencia sin precedentes en la historia, esta violencia va dirigida al YO físico y psicológico de cada uno y apunta a la familia donde se forma ese YO. Con una concepción tan degradante del hombre y de sus derechos, de la familia y de la sociedad, la democracia se vuelve absolutamente imposible”. A través de esta particular interpretación de la tolerancia una nueva revolución cultural está en marcha. [9]
 

Objeción de conciencia

Pensamos que la objeción de conciencia, es una tabla de salvación que si bien debemos saber manejar y tener al alcance de nuestra mano, es un recurso al cual es deseable no tener necesidad de acceder. La palabra conciencia proviene del latín cum-sceire, es decir, conocer junto al otro; en griego su equivalente es sunéidesis que significa saber común. Desde Cicerón, comenta Basso, tiene también otro sentido, que sería el resultado del acto de aplicar la ciencia o el conocimiento a un hecho particular.

 Para dar validez a la misma creemos en la conveniencia de recordar que la conciencia es “un juicio de la razón práctica que partiendo de los principios comunes del orden moral, dictamina sobre la moralidad de un acto propio que se realizó, se realiza, o se va a realizar.”[10]

“Es en la conciencia y en la dignidad de la persona humana en que se apoya, que se funda la libertad de conciencia, o sea que no se coaccione ni se obligue a nadie a hablar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los limites debidos” [11]

El termino “objeción de conciencia”, expresa un rechazo a algo externo (una norma social) por una razón íntima de una persona. Trasladados al campo del Derecho, la objeción de conciencia plantea en sí la posición entre la norma jurídica, y el imperativo íntimo que supone la conciencia individual.[12]

Elena Lugo en la conferencia que pronunciara días atrás en la Ciudad  de Córdoba hace especial mención, a la objeción de conciencia institucional, tema de importancia jurídica y legislativa en razón del oportunismo político en legislar al respecto. Pone como ejemplo lo ocurrido en Puerto Rico, en el Sanatorio de la Inmaculada Concepción - San Germán. A aquellas pacientes que pedían la píldora del día después como medio abortivo, el hospital a través de su equipo de salud respondía:

 “Nosotros ni lo tenemos ni lo recetamos ni lo vamos a proveer ni tampoco podemos facilitarle que usted lo consiga. Usted es libre de recurrir a otras instituciones a otros lugares que puedan ofrecerla pero aquí no'. Pero no solamente se le dice 'aquí no se hace esto', sino también: 'aquí tenemos otros servicios que usted puede tener en cuenta si usted está pensando abortar; tenemos un servicio de cuidado materno, cuidado fetal, cuidado del recién nacido, y podemos darle el apoyo necesario para que usted no tenga que abortar si usted decide no abortar. (…)

Solamente una institución que tiene ese ideario y que hace pública declaración de su misión, puede en caso de ser necesario hacer una objeción de conciencia institucional, particularmente estamos hablando de hospitales privados y confesionales, que tienen un compromiso de lealtad a unos principios que no son negociables. Y que tienen básicamente que ver con la dignidad de la vida".[13]

Nuestra Academia Nacional de Medicina, el 28 de septiembre del pasado año 2000, hace una declaración sobre objeción de conciencia que debiera estar en la mente de todos los operadores de la ciencia de la salud. Dice:

“En el ejercicio de su profesión, el médico está obligado a aplicar los principios éticos y morales fundamentales que deben  regir todo acto médico, basado en la dignidad de la persona humana. Esta actitud debe ser la que guíe al profesional ante el requerimiento de todo individuo que ve afectada su salud. Distinta es la situación cuando el paciente le exige realizar un procedimiento que el médico, por razones científicas y/o éticas, considera inadecuado o inaceptable, teniendo el derecho a rechazar lo solicitado, si su conciencia considera que este acto se opone a sus convicciones morales. Esto es lo que se denomina objeción de conciencia, la dispensa de la obligación de asistencia que tiene el médico cuando un paciente solicitara un procedimiento que él juzga inaceptable por razones éticas o científicas. Este es un derecho que debe asistir al médico en su actividad profesional. (…) En la Ciudad de Buenos Aires aún no se ha dictado la Ley de Ejercicio Profesional de Medicina; en cambio, si existe la Ley 298 para el ejercicio de la Enfermería cuyo art. 13 considera la objeción de conciencia. (…) La Academia Nacional de Medicina ratifica su opinión, dada a conocer en su oportunidad, respecto al derecho a la vida de la persona humana desde el momento de la concepción y el rechazo a todo método que interrumpa el embarazo.

La objeción de conciencia es un testimonio pacífico y apolítico por el cual un médico puede no ejecutar un acto reglamentariamente permitido, sin que ello signifique el rechazo de la persona y el abandono del paciente”. [14]

Los atentados contra el hombre llevados a cabo hoy, con un eufemismo que pasa por el respeto de los derechos humanos, han adquirido un  creciente grado de refinamiento y crueldad difícil de imaginar en épocas pasadas. Si la legislación es permisiva o la autoridad dictatorial, es cuando la sociedad nos ofrece o así lo debiera hacer, la oportunidad de recurrir al derecho de objeción de conciencia.

En el plano internacional, en la mayoría de los países, por lo menos en sus comienzos, la objeción de conciencia se ha relacionado casi exclusivamente con la obligatoriedad del servicio militar. Esto trae a nuestra memoria un trabajo de Llamazares citado por López Guzmán: “La objeción de conciencia el los profesionales de la salud”, donde decía que “en España la proporción de objetores de conciencia  era: 81% por motivos no religiosos y 19% por motivos religiosos (6% de Testigos de Jehová)”

En el ámbito sanitario las causas más frecuentes que plantean al equipo de salud el  acogerse a la objeción de conciencia son: la participación en abortos, la facilitación del anticonceptivo, la participación en el suicidio asistido, la investigación o elaboración de fármacos con material de fetos humanos, la esterilización y la reingeniería genética con la consecuente muerte del embrión o el desconocimiento del impacto alejado que esta puede tener el en futuro.[15]

Pero existe también como menciona López Guzmán  la posibilidad que la objeción de conciencia sea planteada no por el equipo de salud, si no que por el paciente, familiares o sus representantes legales. “Éste es el caso del rechazo de los testigos de Jehová a recibir transfusiones de sangre debido a su particular interpretación del Levítico 3,17; la negación a recibir productos biológicos de animales proscritos por parte de determinadas comunidades religiosas; la oposición de mujeres de ciertas sectas a exploración física; la negación de recibir tratamiento farmacológico por aquellos que sólo consideran la oración como remedio válido, fundando su criterio en la interpretación que realizan de la Epístola de Santiago 5, 14-15.”

El dictado de las leyes argentinas, que aprobaron el “Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable” y recientemente la autorización de la ligadura de trompas y vasectomía, como también decisiones judiciales relativas al aborto, la aprobación del protocolo de Naciones Unidas para la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer -CEDAW, plantean sin duda, serios problemas de conciencia a los profesionales católicos de la salud, así como también a los integrantes de distintas religiones y sectas, o a aquellos que sin profesar ninguna, consideran que las disposiciones legales y judiciales citadas resultan lesivas a sus principios morales.[16]

Como ejemplo reciente del que hacer frente a una ley inicua como lo es la Ley Nacional Nº 25.673, que crea el Programa Nacional de Salud sexual y Procreación Responsable, haremos mención del Recurso de Amparo presentado por el Consorcio de Médicos católicos, presidido en esa oportunidad por el  Dr. Carlos Carranaza Casares y que tuvo como patrocinantes a los Drs. Eduardo Quintana y Alberto Solanet. De su brillante planteo y la estrategia seguida, quiero rescatar solamente la argumentación jurídica poniendo de manifiesto los derechos constitucionales lesionados:

1. La libertad de conciencia asegurada por los artículos 14, 33 y 75 Inc. 22 de La Constitución Nacional (Art. 3 de la declaración americana y Art. 18 de la declaración universal)

2. La igualdad de la ley (Art. 16 de de La Constitución Nacional) Por tratar con el mismo resero a quienes tienen reservas de conciencia protegidas por la Carta Magna que a quienes no la tienen.

Se olvida legislar con la verdad, motivo por el cual vivimos la crítica situación de tener que defendernos con la objeción de conciencia, derecho éste, negado en algunos lugares como en el reciente caso de España en donde desde el pasado lunes 28 cambió el estatus de la píldora del día después. Estas se podrán vender en las farmacias, sin recetas, a mujeres mayores de 12 años. Dejando de lado lo marcados efectos secundarios de la misma, lo dramático es el promover el asesinato de un ser humano, recientemente concebido. Ahora bien, el rechazo de un importante número de farmacéuticos a entregar dicha píldora, llevó a hacer uso una vez más de la objeción de conciencia, advirtiendo además, con una folletería seria y comprensible, los riesgos de su utilización. La contra cara es que el Estado tratará de imponer su venta, castigando con una importante multa a quien se niegue a venderla, obstaculizando una vez más el ejercicio de la libertad de conciencia.

Siguiendo la línea de pensamiento de esta exposición que quiere ser solamente un llamado de atención a la par que de reflexión sobre el tema, resaltaré algunos hechos que considero puntos de meditación.

Sugiero tener en cuenta al abordar la objeción de conciencia:

  • Rescatarlo de ese cuasi olvido subconsciente que lo mantuviera hasta no hace mucho tiempo en el arcón de los recuerdos.

  • Fijar conceptos que según nuestra antropología personalista, permitan precisar qué es lo que debemos entender por conciencia recta y como consecuencia los alcances de su objeción.

  • Finalmente meditar la actitud a tomar a fin de impedir que, el núcleo más secreto y el santuario más íntimo del hombre, deje de irradiar la luz natural que surge de él para adentrarse en una sobrecogedora tiniebla.

A la búsqueda de una solución

La solución que permitiría salvar el equivocado camino que nos obliga al uso de la objeción de conciencia, es el trabajar desde la más temprana edad en desarrollar una conciencia cierta.

Son palabras de S.S., “Un obstáculo particularmente insidioso en la obra educativa es hoy la masiva presencia en nuestra sociedad y cultura de ese relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, sólo tiene como medida última el propio yo con sus gustos y que, con la apariencia de la libertad, se convierte para cada quien en una prisión, pues separa de los demás, haciendo que cada quien se encuentre encerrado dentro de su propio «yo». En un horizonte relativista así no es posible, por tanto, una auténtica educación: sin la luz de la verdad antes o después, toda persona queda condenada a dudar de la bondad de su misma vida y de las relaciones que la constituyen, de la validez de su compromiso para construir con los demás algo en común”.[17]

 Otra situación a considerar como una solución más es el atender al impacto que en el derecho a la vida, hace hoy la subversión del lenguaje de la verdad.

Pocas veces los legisladores, los periodistas, los hombres de la mass-media, han estado mejor preparados, y a la vez han sido tan vulnerables a la manipulación de la información en beneficio de determinados intereses, a la falta de transparencia y a la fragilidad laboral. Esta situación se expresa en el riesgo que conlleva el apartarse del lenguaje de la verdad poniendo en peligro el derecho a la vida y yendo a la búsqueda, como consecuencia de este error, a recurrir al subterfugio de legislar acerca de la objeción de conciencia.[18]

Convendría volver a recordar lo que raza el saber popular: “Saber decir es un arte. Saber decir no sin herir y sin abdicar de las propias convicciones o valores, es un nivel de educación que pareciera que logran muy pocos. Pero saber decir no de una manera civilizada es indispensable para relacionarse creativamente con los demás sin hipotecarse a nada ni a nadie. Decir que no, aclara nuestra postura y nuestros sentimientos. (…)

Sepamos decir no cuando debamos hacerlo. Con educación y quizás, por que no, también con una sonrisa.”


Notas


[1] www.zenit.org Congreso de los Juristas Católicos, Madrid. 21.09.2009

[2] Cf. M.  Schoyans. Objeción de conciencia en marteria de Salud: el caso de los políticos. Lexicon. Ediciones Palabra. Madrid.2004. pp. 875-901

[3] Ibidem.

[4] Ibidem. Hch 5,29

[5] Ibidem. P. 877

[6] Ibidem.

[7] Cf. P. Poupard. Genética y nueva cultura. Dolentium Hominum Nº 61. Año XXI. 2006. n.1. pp.108-113.

[8] C. Lasch.  La rebelión de las elites. Paidos. Buenos Aires.1996. p. 80-81.

[9] Cf. M.  Schoyans. Tolerancia e inquisición laica. Lexicon. Ediciones Palabra. Madrid.2004. pp.1089-1094

[10] D. Basso. Fundamentos de la Moral. Educa. Bs. As. 1997. 2º ed. p.199.

[11] E. Quintana, Conferencia: La objeción de conciencia y los profesionales de la salud. Instituto de Bioética. Academia de Ciencias Morales y Políticas. Argentina. Noviembre. 2006.

[12]Ibidem.

[13] L. Altamirano. Periódico Católico Encuentro. Octubre 2009

[14] Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires. Declaración sobre la objeción de conciencia 28 de septiembre del 2000

[15] Cf. Coord. Dr. H. Obiglio. Principios de bioética. Simposio 17 de abril 1998 Fundación Alberto J. Roemmers. Buenos Aires 1998

[16] Ibidem.

[17] S.S. Benedicto XVI. “Familia y comunidad cristiana: formación de la persona y transmisión de la fe”        Discurso en el Congreso Eclesial de la Diócesis de Roma. 7 de junio de 2005. www.aciprensa.com.

[18] H. Obiglio. La subversión del lenguaje de la verdad y su impacto en el derecho a la vida. Academia de Ciencias Morales y Políticas. Buenos Aires. Octubre. 2006

 

 
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