Discurso de apertura del
Dr. Francisco Díaz Herrera, Presidente de FAMCLAM
Buenos Aires, 16 de noviembre de 2009
 

         La F.A.M.C.L.A.M. está hoy junto a ustedes, estimado Consorcio de Médicos Católicos de Argentina, celebrando el cumplimiento, de 80 años de afamado trabajo. Saludo con afecto a todos sus miembros, en su Presidente el doctor Alejandro Nolazco y a su Directorio, y lo hago también, en nombre de la Academia de Medicina San Lucas de Chile, que tengo el honor de presidir.

Esta vez, uniendo Ciencia, Tecnología y Fe, en la atención y defensa de la vida humana, y la dignidad de la procreación, desde la concepción y hasta su muerte natural, una cruzada que con la ayuda del Señor podemos ganar, se rinde un homenaje al Profesor Jerome Lejeune, médico excepcional, con el que tuvimos el privilegio de compartir, con tanta cercanía, durante el Congreso de 1986 en Buenos Aires.

Plenas de motivación, con escasos recursos, las AMC de Latinoamérica están cumpliendo su misión. La crisis económica ha afectado a muchos colegas y, por lo tanto, también a sus organizaciones. Pese a todo, fieles a su vocación cumplen con sus pacientes en la vida diaria, influyen y manifiestan opiniones ante el Parlamento, y cuando corresponde además, apoyan iniciativas legales, y trabajan políticas públicas que dan y facilitan la proyección social de nuestros deberes.

Nuestras amplias labores, se expresan a través de  vertientes académicas, sociales y apostólicas. Estudiando, orientando y difundiendo nuestros principios frente a la vida humana. Tratamos de mantener siempre un lugar de oración en nuestros lugares de trabajo. Estos sirven, además, de lugar de encuentro con nuestros capellanes y de éstos con los pacientes que necesiten de su auxilio espiritual.

La tarea no es fácil. Las distancias son grandes. Nuestro continente es un continente joven y extenso, expuesto siempre a diferentes ideologías ajenas, materialistas, relativistas, las que apoyadas por los diferentes medios de comunicación, emiten opiniones importantes en forma superficial, muchas veces sesgadas y muy poco informados.

Nuestros trabajos son muchos, y debemos tener una presencia fuerte, en cada Asociación, estimulando su crecimiento. En ellas, todos trabajan con mística, vocación y espíritu de servicio muy motivador. Nuestro trabajo no está exento de dificultades, pero lo hemos ido logrando con entusiasmo y emprendimiento. Ahora, el siglo XXI, debe saber quienes somos y qué se nos exige. Debe saber que respetamos la vida humana, desde el primer instante de su concepción y que nosotros, los médicos católicos, respetamos humildemente a la muerte, como el fin natural del hombre, evitando sobre-tratarla, como si fuera una enfermedad.

Somos un grupo de laicos cristianos, que trabajamos en el mundo de la salud y de la enfermedad. Unidos por la misma fe y vocación, y, como Iglesia que somos, queremos desempeñar, en ese mundo, la misión que Jesús nos ha encomendado: ser testigos de su fuerza humanizadora, sanante y salvadora, mediante el ejercicio de nuestra profesión. Somos profesionales de la salud, cristianos, discípulos y seguidores de Cristo, que hacen del Evangelio, el proyecto que inspira sus vidas, da sentido a su quehacer y pone esperanza en su existencia.

Agradecemos, al Consorcio y a sus afiliados, esta instancia para realizar nuestra asamblea, grato y emotivo momento que no olvidaremos,  y para emprender nuevos proyectos, desde México hasta la Antártica.  Proyectos que ustedes saben tan bien alentar y saben levantar con entusiasmo, y con un  entusiasmo siempre renovado.

Con la protección de la Santísima Virgen de Guadalupe, Emperatriz de América, sigamos caminando con alegría, junto a San Lucas el apóstol médico, tan cercano a la Santísima Virgen María, enriqueciendo la medicina de todos los días con el pensamiento católico, y aspirando a un nivel de excelencia profesional, basado en una constante superación a través del estudio, la investigación y el trato con el paciente.

Más que un discurso de apertura para este Congreso, vayan estas palabras para recordar, junto a ustedes, cual es el alma de nuestras academias médicas, invitándolos, a perseverar en el servicio y en la vocación a la que el Señor nos ha llamado para Gloria  suya y alegría nuestra.

 

 
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